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Yo también fui a ver Obsesión Infinita, la retrospectiva de Yayoi Kusama en el museo Tamayo. Fui de la última camada entre las hordas de personas que se arremolinaron para ser parte de la exposición más comentada en la ciudad de México en mucho tiempo. Asistí el último viernes, porque —admito— soy de “esos que dejan todo hasta el final”. Eso, y también porque estuve esperando (ingenuo) a que se bajara “la modita” para poder ir a clavarme un rato, ponerme unos audífonos y disfrutar del viaje.

Dirán los críticos, los adentrados en el mundo del arte, que lo de Kusama no es más que la Mcdonalización del arte-instalación. Los veo clarito —con monóculos, bebiendo té verde, degustando un tonakatsu “de verdad”— afirmando que lo que hizo esta mujer en su momento, no es más que el producto del LSD y la locura. Que su valor artístico es el mismo que el de un Chivas-América en un estadio medio vacío.

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