Estoy sentado en un Starbucks. En frente de mí hay un hombre que mira hipnotizado la pantalla de su tablet, en la mesa contigua, una mujer en sus tempranos veintes porta audífonos aislantes observa intermitentemente su celular, compulsiva. Al lado, un grupo de ocho adolescentes tienen secuestrada una mesa, sus vasos de chocofrapuccino están vacíos desde hace veinte minutos. Gritan, ríen en voz alta mientras se muestran las pantallas de sus celulares. Hasta donde sé, están texteando entre ellos mismos. Quizás la nueva forma de socialización de generaciones futuras tenga que ver con existir en múltiples dimensiones al mismo tiempo, incluyendo la de la vida real. IRL.

La razón por la que estoy sentado en un Starbucks es, quizás, la misma que la del resto de los clientes de este establecimiento. Vine en busca de wi-fi y una mesa decente para trabajar. Quería terminar de una buena vez por todas un cuento que estoy escribiendo desde hace un par de meses, y que por motivos laborales, personales, —a quien engaño, por desidia— no he terminado.

Uno de los adolescentes que metasocializa en la mesa de enfrente, acaba de levantarse para hablar con una señorita. “¿Cynthia? Tal vez no me recuerdes pero…” Al parecer, este lugar también se ha convertido en un ligódromo de vieja escuela. Me hace sentir anticuado, yo pensaba que Tinder y Snapchat habían remplazado la conversación IRL. Respiro una nostalgia de algo que nunca ejercí: hablar con desconocidas en mi adolescencia. El terror me consumió en todas y cada una de las ocasiones que lo intenté. 

¿En qué estábamos?

En la interminable historia de mis esfuerzos literarios. Hoy, que tenía un par de horas disponibles, quería terminar el dichoso cuento, pero no contaba con que el archivo descansa en una unidad de disco duro en el escritorio de mi casa. Y yo, con tantos recursos disponibles como el drive,la nube, el correo, perpetúo desde el Starbucks el letargo. ¿Qué le decimos al cuento, entonces? Not today.  Y esa es, precisamente la razón por la que después de semanas, abrí —con recelo— el CMS de este blog. Si no es eso, entonces es lo otro, pero la vocecita en mi nuca me obligó. Quizás tecleo para narrar una situación perfectamente normal, desde un lugar anormalmente popular con palabras popularmente subnormales. O quizás lo hago para derribar esa barrera que lleva presionándome desde hace cuatro meses.

Esa novela de la que les platiqué en la primerísima entrada de este blog está prácticamente terminada. Mi queridísima amiga y editora me regresó el tambache de hojas bond con rayones, correcciones y notas al pie. Quedan quizás, un par de rondas de revisión y el proceso de edición, formato y demás magias que sigo ignorando cómo se hacen. Lo curioso es que, precisamente, uno de los temas que Un pequeño incendio. (Quizás el de un cigarrillo)* aborda constantemente es el del dejar a un lado lo que nos mueve, para concentrarnos en las pantallas (de LED, autoimpuestas, de proyección… pantallas, pues) que la vida nos pone en frente como un recurso para acudir al sabotaje.

* Tras. Lo escribí. Lo dije. Lo publiqué. El título es tentativo, pero el acto de mostrarlo, acaba de ser definitivo. 

Así que aquí estoy de nuevo. En sinceridad con el teclado y contigo, que llegaste hasta acá abajo, leyendo las diatribas de una persona más que encontró un lugar de reflexión en un Starbucks.

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