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Escribo esto por la misma razón por la que abrí este blog en primer lugar. Es una forma de entender el mundo a partir de lo que voy experimentando, lo que me va ocurriendo en la vida, esos pequeños momentos que nos cambian. Fui a ver a Swans al Festival NRMAL y todavía no puedo expresar con palabras lo que me pasó.

Como amante de la música, he sido un tipo afortunado. He ido a cientos de conciertos de todo tipo: desde festivales hasta tocadas en cocheras y lugares improvisados. Algunos shows gloriosos, otros históricos… Vaya, hasta fui a la Antártida a ver a mi banda favorita. Mis oídos se quejan al mismo tiempo que mi cerebro intenta agarrarse de esos pequeños momentos creados por artistas en el escenario. No olvidar, significarlos, cambiarme a partir de canciones, solos de guitarra o batería, palabras entre tema y tema.

Sin embargo, lo de ayer, más allá de recordarlo o registrarlo, quiero hacer el intento de describir la experiencia con palabras.

Nunca había sentido algo así en frente de una banda. Durante 2 horas, los músicos liderados por Michael Gira se plantaron en el escenario y dieron algo más que un concierto. Fue un ritual, una misa, una experiencia en donde lo cerebral y lo visceral hicieron el amor y el orgasmo duró más de lo esperado. Vestidos de negro, cada uno en frente de sus amplificadores, inmersos en lo que la vida les mostró como el camino. Y ese camino, la música, hizo las veces de purificadora. Swans no toca canciones, no hay momentos en donde el baterista hace un redoble que marca el inicio del coro que todos en el público pueden cantar, no hay solos de guitarra o espacios para que el público descanse. Al momento en el que la banda inicia, se da una indicación implícita: olvida todo lo que sabías sobre el rock en vivo, desconecta tus percepciones externas. Si estás ahí, es porque quieres estar. Nadie te va a obligar a saberte la canción de moda, nadie te va a ver raro si quieres bailar o brincar. No importa con quién vienes, lo relevante es que vienes contigo, y obtendrás respuestas aunque no te hayas hecho las preguntas.

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Una manta color negro me cubrió durante dos horas. Abandoné las nociones de bueno o malo. Los brazos de Gira se movían, etéreos. Las guitarras hacían más ruido del que jamás había escuchado. Llegó un punto en donde mis oídos se desconectaron y ocurrió: comencé a sentir. Me había pasado antes, varias veces. El bajo se siente en el abdomen, las guitarras me hacían mover la cabeza, la bataca los pies. Pero en esta ocasión, la música convertida en ruido (o viceversa, no sé, no importa) se apoderó de todo mi cuerpo. Dejé de escuchar con las orejas, y por primera vez, escuché con todo el cuerpo. Dejé de pensar. Era imposible escuchar mi voz interna ante esa perfección malévola a decibeles inhumanos. Veía a los responsables del ruido hacer lo suyo, cada uno era un espectáculo por sí mismo: percusionista/violinista, baterista, manipulador de sonido, guitarrista, bajista, guitarrista/cantante. Una orquesta celestial que interpreta música pagana al aire libre.

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No paran. Estiran los clichés del rock con humor negro y ácido. Es metal. Es noise. Es jazz. Es punk-rock. Es no-wave. Es una ceremonia. La cara del vocalista se transforma al esbozar conceptos a través del micrófono. Con soberbia controla lo que los demás interpretan: es el director. Abajo, es imposible mantener la atención durante mucho tiempo, es la sinfonía de la lobotomización. No pienses: siente. No estés: cohabita. Abajo, los sobrevivientes a la primera ola de ruido devastador persistimos, maravillados, boquiabiertos. La banda sigue tocando. Hay ruidos que no sabemos de dónde provienen. Volvemos a integrarnos a la celebración, al ritual. Swans está tocando algo que no es música: es la deconstrucción del sonido y el regreso de las notas musicales a la espiritualidad. La relatividad del tiempo se hace evidente. ¿Cuánto duró la “canción”? Algunos estuvimos años enteros ahí, otros tan sólo unos minutos. No importa. La experiencia es distinta para todos, una ovación de pie al nihilismo. Al infierno y de regreso.

¿Volvería a hacerlo?
Probablemente en unos 5 o 10 años lo consideraría. Hoy, todavía tengo mucha tarea por hacer.

Fotos cortesía del gran Daniel Patlán.
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