Los que me conocen lo saben. Soy escéptico. No creo en que la alineación de los astros cambie nuestro destino. Tampoco me gusta pensar en esos rollos metafísicos de autosuperación como el secreto. Soy agnóstico (aunque me gustaría ser ateo hardcore) porque creo en que la convicción humana es una fuerza superior. Llegar a conocerla, y dominarla, está en nosotros y las acciones que hagamos para lograrlas.

 

Ya que tiré el toñoesquinquezco choro, escribo para entender lo que está pasando. Abrí este blogcito apenas hace unos meses, con la finalidad de vaciar lo que me atormentaba, de compartir visiones de vida con quien tenga la paciencia —o las ganas— de leer este tipo de disertaciones. A veces funciona a modo de diario personal, otras veces como un escaparate para decir libremente lo que me pasa por la cabeza (dudo mucho que nadie quiera publicar mis pensamientos en sus medios, pero la magia del internet es inmensa y bondadosa). Este es uno de esos posts. Uno en donde vacío lo que procesan mis neuronas con la finalidad de ponerme en orden. En el camino, si alguien se identifica, bienvenido.

Escribo desde un hotel en la ciudad de Nueva York. La temperatura afuera es de 4ºC pero la sensación térmica es de -2ºC (aunque aquí la midan en los absurdos Farenheits). Acabo de regresar de mi primer día de trabajo. Caminé por Madison Square Park y la famosísima Quinta. Me cagué de frío y al mismo tiempo de miedo. Los neoyorkinos son muy echados pa’lante y a pesar de que conocía ya la ciudad —también mi ruta de regreso a “casa”— me invadió el desoriente. Todos caminan rápido y cuando hablan el ritmo se acelera al triple. La cara se me congelaba al mismo tiempo que movía los pies al ritmo de la ciudad. Estaba anocheciendo, y los edificios se manifestaron. Es imposible no voltear hacia arriba. Es imposible no parecer turista. Soy “el nuevo” en la ciudad: al menos durante un par de semanas. Regresaré a finales de mes al Distrito Federal con un nuevo trabajo y muchos conocimientos. Es probable que en tres días camine al ritmo de la ciudad, y hable con ese dejo de hastío con el que se comunican sus habitantes.

Hoy salí al frío (que dicen los que lo viven cada año que es insignificante en comparación con lo que ocurría hace unos días) con la cabeza en todos lados. Tantas caras nuevas. Le puse voz a los correos electrónicos y cotidianidad a los rostros de Skype. “Entraste a un lugar más cotizado que cualquier universidad Ivy League”, me dijeron en la mañana. “Hace unas semanas se abrió una vacante para recepcionista y llegaron más de 800 aplicaciones.” ¡Madres! Y no sólo eso, sino que me recibieron con los brazos abiertos y una sonrisa. Estampitas, libretas y hasta una hoodie (que para este frío, es algo similar a una panadera) con el logo de mi nueva casa. Capacitación. Juntas. Más caras nuevas. Comida india a horas extrañas. Un nuevo lugar. Miradas de “ese es el nuevo, el de México”. Sonrisas y saludos con extraños. (Nosotros nos damos un beso y un abrazo, ellos sólo se dan la mano con una sonrisa: nice to meet you!) Había olvidado lo que se sentía ser el chico nuevo de la escuela.

 

Hace apenas un par de semanas me sentía bien con mi vida, mi empleo de freelance, mis “chambitas”. Estaba en el post-divorcio luego de dejar Brutal Content (y 7boom). Y de pronto, algo pasó. Quizás fue mi convicción humana, o quizás se alinearon los astros, o quizás Toño Esquinca tenía razón.  Hace unos días me sorprendí escuchando rolas inspiradoras, felices. Hice un playlist.

Hoy fue mi primer día como parte del equipo de BuzzFeed. Abriré la oficina de México y aún no termino de creer mi felicidad.

2015-03-17 19.17.54

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