Al momento que escribo esto, Twitter está vuelto loco porque los de la CNTE hicieron de nuevo un plantón sobre Paseo de la Reforma. Empieza la polémica. La letanía cansadora (cierta, pero cansadora):  “México tiene x millones de pobres, los que deberían salvaguardar las leyes son los primeros en romperla, el país está en su nivel más alto de corrupción… pero no vayan a cerrarles la calle porque entonces sí se indignan.” Vaya, es Twitter, el lugar en donde todos podemos levantar una pancarta digital y sin miedo a que nos vean feo, expresar lo que queremos. En una ciudad construida para los automovilistas y en beneficio de las compañías automotrices, cerrar una avenida principal —por el motivo que sea— resulta peor que robarse a la reina en un panal de abejas africanas.

Y uno se debe atener a las consecuencias.

Y uno debe atenerse a las consecuencias.

Llevo poco más de un año de haber abandonado casi por completo el automóvil. Los factores que me llevaron a tomar esa decisión son varios y de distintas naturalezas:

  • Me mudé a una zona más céntrica, que cuenta con bicicletas públicas.
  • Mi trabajo estaba cerca de mi casa.
  • Opté por invertir en mi bienestar físico y dejar de gastar en gasolina.
  • Hay un pequeño jipi-forever dentro de mí que disfruta de ponerse los audífonos y caminar al ritmo de canciones de rap.
  • Hay un pequeño jipi-ambientalista dentro de mí que está medianamente consciente de su impacto negativo en el planeta que comparte con los demás.
  • Odio estacionarme.
  • Odio más pagarle a alguien por estacionarme.
  • Odio no tener monedas y sufrir por la constante amenaza de EcoParq (where available).
  • Las personas detrás del volante —incluyéndome— abandonan todo vestigio de civilidad y entran en modalidad “Survivor”. 

En ese proceso liberación automotriz he encontrado que el famoso “take a walk” que vemos en películas y series gringas tiene sentido. Llega un punto en el que tu mente deja de pensar y sencillamente se concentra en que des el paso que le sigue al anterior. Caminar suelta la mente, oxigena los músculos, desasolva las neuronas. Sin embargo, en una ciudad como la de México, caminar es una actividad para los menos evolucionados. El status quo indica que si no tienes automóvil eres un jodido que necesita usar el transporte público. Si tienes automóvil, pero no circulas un día, eres un jodido que necesita hacer ronda. Si tienes automóvil, circula todos los días pero no es automático, eres un jodido que tiene que meter el clutch. Si tienes automóvil automático, pero no es una camioneta, eres un jodido porque los que andan en camioneta van —literalmente— arriba de ti. Si tienes camioneta, pero no es una Hummer, eres un jodido porque no tienes un millón de pesos para invertir en un tanque de guerra convertido en automóvil.

Me refiero a ESTO

 

Y precisamente a eso se remite ser automovilista en la ciudad de los no-circulas, los segundos pisos y los accidentes del Metrobus: a vivir la guerra, la constante ambición de tener más, de ser alguien gracias a tu coche. Tiene sentido, si consideramos que la industria automotriz crece aceleradamente en México, y constituye una parte importantísima del avance económico que tanto presume el gobierno federal cada que es cuestionado sobre resultados. El DF es el paraíso del automóvil y el infierno de los automovilistas.

Y resulta en una contradicción, que una ciudad como la de México, que ofrece tanto asombro en cualquiera de sus rincones, se convierta en un estacionamiento gigante, plagado de inquilinos frenéticos que prefieren pasar por encima de tí —porque lo que nos han enseñado es que es que es mejor estar arriba que al mismo nivel— que compartir una banqueta o un vagón del metro o un asiento con un desconocido.

Por eso, ahora camino más, y poco a poco descubro que sin el automóvil, todo se ve desde una óptica distinta.

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