el-director-mexicano-de-cine-alejandro-gonzlez-irritu

Estamos poco acostumbrados a ganar. Es la realidad histórica de México que se sigue viendo hoy. Los agachones. Jugamos como nunca y perdimos como siempre. De lejos, y con recelo, observamos las medallas olímpicas de países como Rusia o el Reino Unido, los campeonatos mundiales de futbol de los argentinos, brasileños y alemanes, los avances en reformas que sí ayudarán a la larga a un país. Al contrario, ya se nos hizo la costumbre de que nos llueva sobre mojado. Cuando pensábamos que no podíamos estar peor, viene algo más: una tragedia, una malpasada, una tranza multimillonaria ante la que no podemos más que resignarnos porque “así han sido siempre las cosas, y no van a cambiar”. Recuerdo cuando Vicente Fox ganó la elección en el 2000. Las personas salieron a festejar a las calles porque “sí se pudo”. Meses después nos encontramos con lo mismo, “se pudo a medias”, México no cambió.

Lo triste de esta realidad es, probablemente, su origen. Tenemos tan poco sentido de pertenencia ante lo nuestro porque generalmente está asociado con lo malo. Si a alguien le va bien, es porque seguramente hizo una tranza. Los triunfadores han pasado por encima de los demás para lograr sus glorias. Tenemos en las venas la ley del cangrejo y nos cuesta trabajo aceptar y aplaudir los triunfos de otros mexicanos. No nos la creemos, aspiramos a los cuartos de final más no a la copa del mundo.

 

 

Ver a dos mexicanos al hilo ganar el premio de la Academia a mejor director nos resulta confuso. Ver a un fotógrafo repetir consecutivamente el máximo reconocimiento cinematográfico es… raro. No estamos acostumbrados a ver a los mexicanos triunfar porque se atrevieron a hacer las cosas distintas. Cuando ocurre, generalmente lo pasamos por alto y —sí, aceptémoslo— buscamos la forma de descalificarlo. Se asocia el reconocimiento y el orgullo con el  “Tren del Mame”: subirse al éxito del otro. Es difícil creer que alguien que nació en México pueda triunfar. Hasta el mismo González Iñárritu bromeó en su discurso de aceptación: “Quieren que hable porque soy el que peor pronuncia el inglés aquí. Dos mexicanos en línea, es sospechoso”.

Yo no se si Birdman debió haber ganado —o no— tantas estatuillas. No soy miembro de la Academia, ni soy un erudito que estudia sus procesos. Me gusta el cine, fui a ver la película y encontré en ella una forma nueva y distinta de contar una historia. Más allá de que “El Negro” (¿ya me subí al tren?) sea mexicano de clase media-alta, o que “El Chivo” (sí, ya me subí) haya tenido la oportunidad de ser fotógrafo y no obrero, su trabajo es una inspiración, un llamado a salir del hueco cangrejista en el que vivimos todos los días. Son profesionales talentosos, que pisaron —probablemente— la misma banqueta que tú y que yo, son personas dedicadas a su pasión que dejaron atrás el “no se puede” y el “ya merito” para hacer las cosas, y hacerlas bien. Eso, aquí y en la vieja Unión Soviética, es digno de aplauso y reconocimiento.

Me emociona ver a un mexicano que hace las cosas bien. Me conmueve y me pone a pensar en todo lo que podría estar haciendo yo, desde mi trinchera, en cómo puedo mejorar y en cómo puedo hacer un cambio. Creérmela. Es difícil creérsela, porque nos han demostrado hasta el cansancio que no se puede. Tanto, que lo repetimos como un mantra maldito. “Una marcha no va a cambiar nada.” “Tu tuit es pretencioso.” “Mejor ponte a trabajar.” Curiosamente, Birdman es una batalla contra el ego, contra ese monstruo que nos agranda —y nos achica— con base en lo que dicen los demás, el reconocimiento ajeno, la falsa seguridad que construimos a partir de nuestra reputación. Los mexicanos tenemos el ego muy grande, pero pocos fundamentos para creérnosla.

Por eso, desde este espacio, le mando un abrazo —y un agradecimiento— a El Negro, al Chivo, a Martín Hernández, al genial Antonio Sánchez (quien debió haber sido nominado, MÍNIMO) y a todos y cada uno de los mexicanos que triunfaron anoche en una de las competencias más duras en la industria del entretenimiento. Gracias, por inspirarme a pensar en grande y por demostrarme que por más que me han negado la posibilidad de soñar que una realidad distinta, bien hecha, es posible.

 

Comentarios

Comentarios