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Yo también fui a ver Obsesión Infinita, la retrospectiva de Yayoi Kusama en el museo Tamayo. Fui de la última camada entre las hordas de personas que se arremolinaron para ser parte de la exposición más comentada en la ciudad de México en mucho tiempo. Asistí el último viernes, porque —admito— soy de “esos que dejan todo hasta el final”. Eso, y también porque estuve esperando (ingenuo) a que se bajara “la modita” para poder ir a clavarme un rato, ponerme unos audífonos y disfrutar del viaje.

Dirán los críticos, los adentrados en el mundo del arte, que lo de Kusama no es más que la Mcdonalización del arte-instalación. Los veo clarito —con monóculos, bebiendo té verde, degustando un tonakatsu “de verdad”— afirmando que lo que hizo esta mujer en su momento, no es más que el producto del LSD y la locura. Que su valor artístico es el mismo que el de un Chivas-América en un estadio medio vacío.

A pesar de que no comparto ese punto de vista, me parece que lo ocurrido con esta exposición da mucho de qué hablar. Más allá de la trascendencia que pueda llegar a tener—o no—Kusama en unos cuantos siglos, su obra genera lo que muchas exposiciones (tal vez más sofisticadas o… elitistas) desean: disrupción. Durante meses, (y esa fue la razón por la que me abstuve de visitar el Rufino Tamayo tanto tiempo) las redes sociales se infestaron de fotografías de la instalación. La selfiemanía en su fase superior vio en la ciudad de México un momento cumbre digno de ser analizado por antropólogos y estudiosos del sacrosanto internet.

Y es ese espíritu, el de compartir, el de hablar al respecto, la conversación en torno a una materia, la que convierte a Obsesión Infinita en un hito dentro de la actividad cultural en México. Unos les dijeron a los otros, y los otros también subieron sus selfies a Instagram, o a Facebook y los amigos de los otros preguntaron y les contestaron que había un cuarto con luces y que había muchos puntitos y que era como una experiencia de drogas y entonces se convirtió en un fenómeno. ¡Bravo! Una hora de tu vida en la que no estás viendo las novelas y vas a darle la oportunidad a tu cerebro de abrir sus fronteras y pensar la vida desde un lugar distinto (no mejor, no peor, sólo distinto). Sin embargo, como en todo evento multitudinario —en cualquier parte del mundo— no faltan los que dan la nota, los que van por la modita. Son los mismos que van a los conciertos a platicar, los que no te dejan pasar en un embotellamiento, los que demuestran su falta de respeto a la menor provocación. Los que creen que son mejores que tú. El tren del mame, o como diría Jimena: el #TrendyMame.

Eso les dio a los hombres de la comida japonesa de avanzada y los monóculos, un argumento mucho más fuerte para denostar la exposición. Y los imagino de nuevo (ahora toman sake caliente y debaten sobre la importancia del arte iraní) riendo entre dientes gracias a las miles de selfies, sobre cómo Kusama es el opio del arte y de cómo México jamás entenderá lo que ellos entienden. “Es la educación”, dirán, mientras desaprueban a personas como las mostradas aquí arribita (con toda la razón del universo).

Fui a la exposición en sus últimos días. Pagué $200 por un lugar en la visita guiada, porque decían, era mucho mejor forma de verla. (Creo que el Tamayo necesita mejorar su formato.) No fue mi primer encuentro con la artista, ya había visto la exposición, pero nuevamente me sorprendió el poder que tiene el arte. Convocatoria, introspección, moda y sí, la oportunidad de decir: “yo también fui parte de eso”.

Que vengan más Kusamas.

 

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