Es difícil olvidarnos de nuestra importantísima existencia. Nuestros problemas, pendientes, preocupaciones nos otorgan relevancia. Es la forma en la que nos enseñaron a existir en este mundo. Aquel que tiene un traje y un portafolios es porque seguramente es muy importante, y por la misma razón, su importancia le genera daños colaterales. El portafolios está lleno de problemas que el hombre (o la mujer) trajeado es el único que puede solucionar. Por eso le pagan, por eso está pegado al teléfono todo el día, realiza grandes esfuerzos para disfrutar los pequeños momentos —generalmente interrumpidos por las notificaciones de su celular. Y el momento en el que ese ser de peinado reluciente y automóvil aspiracional se da una pausa, se da cuenta de que tal vez su existencia no es tan importante, y se preocupa, y regresa de su descanso con más pendientes, porque esos son los que lo vuelven importante, imprescindible.

A veces hay que pausar. A veces hay que dejar el portafolios en casa. A veces hay que poner el teléfono en modo avión. Que suene la música, que la pausa sea real.

¿Cuánto tiempo es el necesario? ¿Son los días de vacaciones, que por ley, el lugar donde trabajas te tiene que pagar? ¿A dónde tiene que ir uno? ¿Será un hotel all inclusive o una aventura en automóvil por las carreteras del país? Quizás son las compras. El momento en el que el hombre importante gasta el aguinaldo que se ganó con el sudor de su frente para comprar televisiones más grandes y juguetes más sofisticados es generalmente, el de la pausa. Toda la familia, junta, alrededor del arbolito navideño abre sus regalos, y momentáneamente, todo cobra sentido. Es necesario tener problemas, pendientes, preocupaciones, vivir en una jaula durante la mayor parte de nuestras vidas para poder disfrutar lo que nos queda de ellas. Eso, por supuesto, sin tomar en cuenta el trámite. ¿Cuánto tiempo de nuestras vidas invertimos para hacer lo que queremos? ¿Cuánto tardamos en hacer nuestras camas, para poder llegar de noche, después de un día entero de contratiempos y disfrutar de meter los pies a las sábanas frescas?

Pero al final del día valdrá la pena. ¿No?

O tal vez eso nos hacemos creer, para no tirarnos por un puente y renunciar al juego.

Llega el año nuevo, y con eso las promesas que nos hacemos para hacer menos miserable nuestra existencia futura. Lo que viene, lo que vas a disfrutar, el festival en el que vas a invertir tu dinero, los discos que tienes que tener en cuenta el año que entra con los que harás listas interminables en Spotify y que jamás vas a escuchar, porque no hay tiempo, porque hay muchos problemas. Pendientes. Llevamos apenas dos días hábiles en 2015 (tres, si tomamos en cuenta a los que trabajaron —sufrieron— el 2 de enero en la oficina) y ya estamos con los pantalones abajo. Veo los avances del CES y hasta risa me da. Más pantallas curvas, más drones, más automóviles, más gadgets. Veo los blogs de música y ya están bombardeando con festivales, con álbumes, con promesas de un futuro mejor. Dietas de año nuevo. Detox. Posiciones para mejorar tu vida sexual. Más pendientes, más inspiración para que continúes luchando por esa vida que quieres en esa vida que tanto detestas. Al final, siempre tendremos las redes sociales para compartir todo eso que nos encanta de la vida, para mostrar esa felicidad a la que aspiramos. Le tomamos fotos a nuestra comida, a nuestras vacaciones, a nuestros regalos de navidad. Le mostramos al mundo que al final no todo es tan malo, y los likes y los shares y los retweets nos regalan importancia, palmaditas en la espalda.

Y entonces, ¿qué es lo que vale la pena? ¿Cuál es el sentido?

2014-12-30 18.28.47

El año pasado hice una pausa, abandoné mi trabajo y la empresa que fundé. Muchos problemas, muchos pendientes de los malos, malas vibras. Estrés. Luego hice otra pausa y viajé a Sayulita, en la Riviera Nayarita. En esa necesidad por el desenchufe y la posibilidad de darle la bienvenida al año frente a las olas sobre la arena. Me encontré con una multitud de personas, que en algún deseo similar al mío, viajaron al mismo lugar. Una playa sucia, ruidosa, atascada de gringos en búsqueda de drogas y alcohol barato. Viajamos por la zona, y nos encontramos con más playas, más lugares de reflexión, unas más vacías y otras más concurridas. Ví mi primer atardecer del 2014, en los últimos días de diciembre y me di cuenta de que mi pausa no había sido una pausa, sino un cambio de entornos. En la playa, el mar te obliga a bajar tu frecuencia y a darte cuenta de que tu vida no es tan importante como creías. El Tiempo no vive en el reloj de tu celular, y mucho menos en el que algunos todavía llevan en las muñecas. Nuestras prisas y nuestros pendientes no son importantes.

Y no estoy haciendo un llamado a que todos nos volvamos unos malditos jipis y abandonemos el sistema porque es un cáncer, y porque no tiene solución. Al contrario. Creo que somos afortunados de vivir en un momento como el nuestro, en donde la tecnología que damos por sentado nos puede ayudar a viajar, en donde nuestros trabajos pueden cambiar para bien la situación, en donde lo que hacemos puede tener un eco en el universo.

Es paradójico, porque hoy más que nunca tenemos las herramientas para reflexionar, pero cada vez tenemos menos tiempo.

A veces hay que pausar.

(Vamos, dale pantalla completa y regálate 4 minutos) 

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