Mientras marchábamos el veinte de noviembre por Reforma, en medio de una multitud vestida de negro, un amigo que venía en nuestro grupo se puso la capucha de la sudadera y se subió la playera para que le tapara la nariz y boca. Al cabo de unos minutos, las miradas alertas y de precaución ante el sujeto encapuchado se hicieron notar. Me acerqué a él y le pregunté que por qué se cubría. Me dijo que estaba enfermo y que el aire frío le estaba haciendo mal. Compartimos un par de pensamientos al respecto de los encapuchados, los infiltrados, los anarcos y se descubrió la cara. ¿En qué momento nos volvimos tan paranoicos? El tipo estaba ahí, en solidaridad con la causa, manifestándose pacíficamente, y un gesto de protección ante el medio ambiente, lo convirtió inmediatamente en una amenaza hacia la movilización. Esto ocurrió a la altura de la glorieta de Cristóbal Colón. No sabíamos —aunque presentíamos— lo que ocurriría después.

Se han llevado a cabo un par de movilizaciones más desde la histórica del #20NovMX y las secuelas no han cambiado. Llegan los presuntos anarquistas, hacen un desmadre, le dan motivos a los granaderos para actuar y ocurre lo que todos tememos: llega un hombre sin rostro detrás de un escudo, equipado con casco, tolete y con la orden de golpear y detener al que pase por el simple hecho de estar ahí. La serpiente se muerde la cola: la protesta se criminaliza, la disidencia se castiga y pone como chivos expiatorios a civiles inocentes. La regresión del régimen: aquel que no está de acuerdo se convierte de facto en un terrorista homicida tentativo. Mover a México… pero hacia atrás. El Delorean de la historia nacional: directo al primero de diciembre de 2012, a Tlatelolco en 1968, a Veracruz en 1879 y tantas escalas que ya se convirtieron en lugar común.

¡Arre!

Con lo que no contaban, es que en ese plan de viaje en el tiempo no había medios sociales. La aprehensión (por no decir secuestro) de Sandino Bucio fue registrada por decenas de cámaras, que si bien no evitaron la violencia y brutalidad policial, permitieron difundir la información y causar una movilización inmediata en redes sociales, una protesta difícil de ocultar y la liberación del “poeta”. Me atrevo a asegurar que sin medios sociales y sin el poder del Internet, estas movilizaciones no tendrían ni la mitad de la fuerza que han mostrado.

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Pero se nos olvida la consigna de Spidey. Con gran poder viene gran responsabilidad.

Me he topado circulando varias ligas que dirigen a sitios apócrifos, que cuentan las visitas y bajo URLs que parecen genuinas muestran información falsa y alarmista. Generalmente quien las comparte no revisa la fuente de la información, o no sabe distinguir entre los logotipos de los medios de comunicación. Ésta por ejemplo viene del sitio noticierombs.com y en el header dice que la noticia viene de CNN.

Medio millón de visitas.

Medio millón de personas lo han compartido.

Estuvo también dando vueltas un video que mostraba a Enrique Peña Nieto supuestamente ebrio. La tripa y la rabia en contra del presidente hacen que le demos “compartir” al video sin siquiera verlo o analizarlo.

No hace falta ser un perito o un experto en materia audiovisual para darse cuenta de que el video está corriendo más lento de lo que debería.  ¿Nos convierte en mejores ciudadanos, en activistas más listos compartir esto? Lo siento, pero más que sumar, compartir este tipo de material resta credibilidad, propaga el miedo, muestra ignorancia y les da la razón a aquellos que quieren regular Internet. ¿Queremos que nos vean como el niño al que le dieron una pistola? Nos quejamos de los medios, que muestran únicamente una parte de la realidad —la que le conviene al gobierno que impusieron— pero no vemos que de nuestro lado, estamos aplicando el mismo método. Así nos educaron, así tenemos que desaprenderlo.

México está en estado de shock. Por razones diversas, los sucesos de Ayotzinapa nos cimbraron, nos sacaron del lugar cómodo en el que estábamos, nos hicieron salir a las calles y exigir acciones claras con plazos, no decálogos mesiánicos como estábamos acostumbrados. Por eso, es importante cuidar nuestras fuentes, remediar y difundir información es importante —pero más importante aún es ser críticos con lo que vemos y lo que escuchamos—. Dejemos de ser una masa, una turba enardecida y convirtámonos más en un colectivo de ciudadanos informados. En palabras de Naomi Klein: “El shock es pasajero. Es un estado temporal por definición. La mejor forma de permanecer orientados y resistir al shock es conocer qué es lo que está pasando, y por qué.” Ahí es donde nos debemos, como sociedad, la erradicación del miedo. Porque el miedo es producto de algo que no conocemos, el miedo no existe: es una mentira.

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